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Nicolás Palma: Conozca a Gab.com, la dura competencia de Twitter que defiende abiertamente la libertad de expresión

Columna de Nicolás Palma

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¿Sientes que te bloquean a cada rato las redes sociales tradicionales por tus opiniones políticas? ¿Crees que los bloqueos son injustos y benefician al otro sector político sistemáticamente? ¿Crees que Twitter ya no es una red social confiable pues cada vez más se demuestra tener un sesgo progresista? Pues Gab.com es la alternativa que estábamos buscando.

Desde la elección de Donald Trump que la lucha contra las supuestas “noticias falsas” y contra los “discursos de odio” se ha transformado en una justificación para silenciar opiniones políticas disidentes. Lo anterior ha afectado no solamente al público conservador o libertario, sino también a figuras de izquierda que han impulsado muchas veces la censura y que luego ven como les explota en la cara.

Numerosas veces el Director de Twitter Jack Dorsey ha salido a decir que su red social no tiene ningún sesgo progresista, sin embargo los hechos han demostrado otra cosa, con bloqueos arbitrarios a figuras políticas con cientos de miles de seguidores como Gavin McInnes o Sargon of Akkad, al mismo tiempo que cuentas que incluso fomentan la violencia como las ligadas al movimiento de ultraizquierda Antifa no son bloqueadas, en una muestra clara de sesgo político.

Entonces aparece Gab.com, una red social que no bloquea a nadie por motivos políticos y cuya insignia es la defensa de la libertad de expresión. Su fundador, Andrew Torba, ha dicho que dentro pueden estar opiniones de todos los tipos y que también son bienvenidas las de izquierda.

El crecimiento de Gab, que obviamente ha sido tachada por algunos medios sensacionalistas como “red social para ultraderechistas” ha sido notable. Ya supera el millón de usuarios, con 10.000 nuevos en promedio cada día, mientras que Twitter tiene pérdidas en la bolsa y cada vez que bloquean a alguien crece su competencia. Dentro hay figuras de renombre mundial como el actual presidente de Brasil Jair Bolsonaro, el controvertido Milo Yiannopoulos, o el polemista Alex Jones, todos quienes han sufrido la censura de las redes sociales tradicionales.

Esta es una invitación a mover la discusión y el debate público a una nueva red social, que no discrimine las opiniones consideradas “extremas” como decir que un hombre no se transforma en mujer solo por creerlo en su mente.

¡A Gabbear!

Por Nicolás Palma

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Michel Monserrat: El precio y actividad política

Columna de Michel Monserrat

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Es común encontrarse con alegatos de parte de la ciudadanía con respecto a los salarios. Es regular leer o escuchar quejas de la ciudadanía hacia los políticos: “si quieren hacer algo por el pueblo, suban el sueldo”. Lo delicado de frases como estas en que esconden supuestos que no se condicen con la realidad y que por otro lado puede llegar a ser absolutamente nociva para la sociedad. Y es que, si subir los sueldos fuese tan simple cambiar una cantidad dada por una superior, estamos frente a un error que se viene repitiendo hace al menos unos 4000 años de historia que se haya tenido registro sobre estas cuestiones económicas. Ya desde el Antiguo Egipto una de las políticas económicas típicas era el control de los precios y el salario, provocando descalabros desastrosos para la economía, ya que suponía un desajuste arbitrario entre los recursos disponibles para ser consumidos, versus el dinero disponible para adquirir los mismos, generando, como es de esperarse, inflación. Con todo, el hecho de endosarle al Estado el establecimiento del salario es simplemente decirle que de su determinación depende el bienestar de las personas. Es decir, darle más y mayor poder al Estado.

Ahora bien, si el Estado no puede -ni debe- determinar el salario, entonces ¿qué lo determina? Pues la escasez y la productividad. Como sabemos, el precio de un bien está determinado por la valorización subjetiva que le otorga el comprador, es decir, el consumidor valorará mayormente el producto a por sobre el producto b siempre que considere que a es en términos relativos más escaso que b; la manera en que se resuelve esta preferencia subjetiva es el precio. Por lo tanto, aquello que es más valioso es más escaso. Sucede exactamente igual con los salarios, los cuales se comportan como un precio que debe ser asumido por el empresario, quien a través de ese importe espera obtener un beneficio que le permita marginar y continuar con su actividad. Asimismo, el salario al ser un precio es una constante interacción entre demandante y oferente, relacionado (como hemos dicho) a la escasez. En palabras simples, los salarios altos en el mercado del trabajo nos transmiten una información muy clara de entender: la labor que se demanda a desempeñar puede ser realizada por una persona con capacidades específicas, la cual es representada como escasa, dado el alto precio que éste significa y porque, además, es esperáblemente más productivo para el proyecto empresarial en cuestión. Podemos agregar, asimismo, que el precio es una relación de coordinación entre dos actores determinada por intereses individuales. Finalmente, tanto el precio como el salario lo determina el mercado. El mercado a través del sistema de precios nos transmite información de qué es más o menos escaso dada la escala de valorización subjetiva de cada individuo.

            Si llevamos esta realidad a la dieta parlamentaria, ¿cómo sería posible determinar un salario? Sí el salario se relaciona a la escasez y a la productividad, entonces ¿cuál es el sistema correcto que determina qué tan escaso puede llegar a ser un escaño parlamentario? Como hemos dicho, para que un salario sea alto es porque su capacidad productiva es alta, es decir, el precio acordado a pagar se relaciona justamente al retorno esperado ¿Ocurre lo mismo con nuestros honorables? Ciertamente no. Y es que el problema está en que la actividad política no genera riqueza alguna, la riqueza se genera a través de la actividad empresarial; los políticos tienen la potestad de estorbar y limitar, o bien, de permitirla y hacer fluida. Asimismo, como funcionarios públicos, a los que se le paga con fondos obtenidos de impuestos de todos los chilenos, están completamente subordinados a los que asumen los esfuerzos económicos para que ellos estén ahí. Es decir, la ciudadanía es el patrón de los funcionarios públicos por cuanto ellos les pagan. Dicho esto, y considerando que el salario es un precio, si se encuestara a la ciudadanía en cuanto al monto de los salarios de diputados y senadores, ¿cuál sería la respuesta mayormente esperable? “El sueldo de los parlamentarios es demasiado alto para su labor”.

            Sin embargo, estamos frente un problema de base. Sí el salario en el mercado laboral lo determina la interacción entre oferentes y demandantes, ¿por qué entonces el salario de los políticos lo determinan los políticos? Algo no calza. Si los que les pagan los salarios a los políticos consideran que es muy alto, pues simplemente la oferta en el salario parlamentario debe bajar, puesto que en términos de valorización relativa el esfuerzo económico no representa los retornos esperables. Es por esta razón que las asignaciones de dietas, viáticos, y otros gastos, no puede ser determinado en una discusión legislativa, puesto que eso es tan ilógico como que un empleado se acerque al dueño de la empresa y le informe que desde el próximo mes su sueldo incrementará un 20%, ya que este lo estima así. Cuando se realizan acciones deliberadas y arbitrarias sin la interacción de al menos dos partes, se esta incurriendo en la destrucción de la información necesaria que representa la satisfacción de necesidades e intereses mutuos establecidas a través de un precio. No olvidemos que la inversión de dinero está íntimamente relacionada al riesgo, ya que una mala decisión puede provocar la pérdida total o parcial de activos. Esta realidad no es percibida por la actividad política, puesto que el dinero obtenidos por impuestos es constante, siendo de esta manera el incremente arbitrario de las dietas una cuestión sin fin.

            Por esta razón, cuando la diputada Cariola defiende la asignación de $500.000 para gastos operacionales en terreno es solo parte de la defensa de un actor (el que recibe el dinero) sin la consulta necesaria al que asumirá el esfuerzo económico, el ciudadano. Por tanto, las asignaciones de dinero de manera arbitraria pueden considerarse, sin miedo a equivocarnos, en injustas. Es la obligación pactada unilateralmente de que determinada labor subirá su precio.

            Y entonces ¿qué hacer para resolver esta problemática? Lo normal sería que funcionase como cualquier trabajo común y corriente, a través de metas establecidas de acuerdo a su labor. Muchísimos trabajos funcionan así, los ejecutivos deben cumplir metas de ventas, los prevencionistas, de accidentes, los gerentes, de gastos, los constructores, de tiempo, etc. Estas metas se relacionan al retorno esperado por la empresa, si no se cumplen el retorno se ve amenazado y el empleado es despedido. Esta lógica puede ajustarse perfectamente a la labor política. Para los ciudadanos es completamente el ilógico y justo exigir metas de cumplimiento, es decir, un mínimo de proyectos presentados por parlamentario, un mínimo de intervención en las discusiones, un mínimo de asistencia, un máximo de licencias médicas presentadas. Y, sobre todo, un estándar de medición del impacto en el beneficio generado hacia la ciudadanía, la cual correspondería al retorno percibido, so pena de ser relegado permanentemente de su cargo.

Así como el empresario cuida y estudia acuciosamente qué hará con su dinero, el ciudadano tiene la absoluta potestad de exigir el rendimiento esperado por los gastos en el que incurre.

            Es hora de subordinar, controlar y sancionar la labor política, con el fin de que el esquema de metas responda a los intereses de los ciudadanos y no a un grupo de personas que se saltan el correcto orden económico y espontaneo del sistema de precios. Una comisión de cumplimiento no gubernamental que regule la labor legislativa podría ser muy útil para equiparar la balanza de los intereses ciudadanos con los de los políticos.

Por Michel Monserrat Carrasco.

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Michel Monserrat: La Curva de Laffer ¿una señal para Chile?

Una de sus principales propuestas de campaña fue la rebaja de impuestos. Y así fue, redujo a la mitad el tipo del Impuesto de Sociedades y el Impuesto sobre la Renta ¿Su resultado? El Estado norteamericano ha incrementado en un 12% su recaudación.

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Resulta bastante común encontrarse en los medios de comunicación más grandes de nuestro país, una constante muy definida con respecto a la figura del presidente Donald Trump, al que se le presenta como un personaje “racista”, “machista”, “misógino”, “violento”, “petulante”, “un peligro para la democracia”. Se ha construido, por tanto, dentro de la sociedad, a Trump como una figura repugnante, todo aquello de lo que no debe representar una persona, como si sólo un sector de la sociedad tuviera la fórmula definida e inmutable de cómo es que una persona debe ser, actuar, pensar y decir. Incluso en los Estados Unidos, previo a las elecciones, se hablaba de el “nuevo Hitler”. Etiquetas que en términos objetivos no se traducen en absolutamente ningún cambio beneficioso para la mayoría de la gente común, puesto que, al final de cuentas, lo que importa es su desempeño en el cargo, no las opiniones personales que pueda tener.

Dicho todo esto, entonces, cabe hacerse la pregunta: ¿qué ha representado concretamente Donald Trump en cuanto a su desempeño? Revisemos el que al menos considero el más trascendental triunfo de su gestión, y que imagino que toda persona también le importaría, el concerniente en materia económica. Y es que una de sus principales propuestas de campaña fue la rebaja de impuestos. Y así fue, redujo a la mitad el tipo del Impuesto de Sociedades y el Impuesto sobre la Renta ¿Su resultado? El Estado norteamericano ha incrementado en un 12% su recaudación, generando un superávit de 214.000 millones aplastando el récord observado en el año 2001. Asimismo, las cifras de desempleo han alcanzado números extraordinarios, posicionándose en torno al 3,9%. Y si esto fuera poco, la oferta de trabajo ha superado al número de personas paradas. Es decir, ¡hay más trabajo que personas disponibles para trabajar! Ante esto solo queda preguntarse dos cosas: ¿por qué los medios de comunicación de nuestro país no han informado sobre este espectacular logro de política económica? Y por otro lado ¿Cómo se explica esto? para la primera no tengo respuestas. Afortunadamente, para la segunda, puedo intentar, lo mejor posible, esbozar una respuesta satisfactoria.

La inmensa mayoría de las personas, y en esto me incluyo, pensamos que a medida que se gravaba de más impuestos, el Estado era capaz de recaudar más; pero sucede que las cifras anteriormente presentadas rompen con toda la lógica que la mayoría, en algún momento, dábamos por indiscutible. Pues bien, este triunfo de Trump no fue al azar, sino que fue tomado del estudio del economista de la misma nacionalidad, Arthur B. Laffer, quien creó una curva (que lleva su nombre), la cual sugiere que el aumento en las tasas impositivas no necesariamente se traduce en mayor recaudación para el fisco, ya que si se llega a niveles de “estrangulamiento” lo que provoca es todo lo contrario, por cuanto sanciona la producción de riqueza, desincentivando la creación de valor. Por el contrario, y como vemos en el caso estadounidense, las rebajas de impuestos suponen un excelente incentivo para la inversión, creación de nuevos puestos de trabajo, aumentos del salario real, impactando positivamente en el consumo, la producción y la libre competencia.

La reducción de los impuestos en términos concretos es otorgar mayor libertad a las personas, y para aquellos capaces de generar riqueza. Así es estimado lector, hablamos de los empresarios. El hecho de que los empresarios cuenten con mayor cantidad de recursos para invertir se traduce en una mayor competencia en el mercado laboral, puesto que, al encontrarse en situaciones fiscales favorables, la oferta de trabajo aumentará y con ello la calidad de la oferta se verá conjuntamente beneficiada. En palabras que nos interesan a todos: mejores salarios.

Nuestra sociedad, lamentablemente, ha sido infestada, como si de un virus maligno se tratase, de mirar la actividad empresarial como si de belcebú se tratase, “el empresario es el enemigo, es quien, a través de tu esfuerzo se enriquece y solo deja para ti humillantes migajas”. Estimado lector, nada, absolutamente nada de lo que hoy tenemos como nación ha sido logrado sin el tiraje de la actividad empresarial. La transformación de materias primas en productos de consumo terminados, a través de la inversión de capital privado con el justo objetivo de recibir beneficio a cambio, es y será siempre la dinámica de la acción humana. Lo queramos o no, son los que tiran de la economía y es por ello que debemos trabajar conjuntamente para que todos seamos beneficiados. Es por ello que propuestas como las del Ministro de Hacienda en cuanto a gravar de impuestos a las plataformas digitales “significará algún tipo de beneficio”, están definitivamente alejadas de la realidad. Esto, en términos sencillos, sanciona el consumo recreativo de los ciudadanos, puesto que, a diferencia de lo que nos señala el señor Larraín, las empresas traspasarán este costo adicional a los consumidores y no lo asumirán las empresas “de buena fe”.

Los resultados serán obvios e inmediatos, el servicio será más caro, viéndose la demanda disminuida, afectando a todas aquellas personas que generan ingresos en plataformas como “Rappi”, o en comercio electrónico interpersonal utilizando plataformas de importación como “Amazon”. En definitiva, no es una buena medida sobrecargar más a la población de carga fiscal.

Por último, como ciudadano común, no veo con malos ojos ensayar la Curva de Laffer en nuestro país con el fin de incentivar la inversión, la creación de puestos de trabajo, el incremento del salario y la calidad en la competencia, no solo del mercado del consumo, sino que la del mercado laboral. Y finalmente, respetados honorables de la República, no olvidemos que menos impuestos, es igual a más libertad.

Por Michel Monserrat


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